Divina Comedia

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—¡Que en el concilio bienaventurado te admita en paz el tribunal de la justicia que a mí me relega a un destierro perpetuo[137]!

—¡Cómo! —exclamó el espíritu—; pues ¿por qué vais tan deprisa, si sois sombras que Dios no se digna admitir allá arriba? ¿Quién os ha guiado hasta aquí?

Mi Doctor contestó:

—Si miras las señales que lleva éste y que le ha trazado el ángel en su rostro, podrás ver que tiene el derecho de triunfar entre los buenos; pero como aquella que hila de noche y de día no había terminado aún el hilo que le corresponde, y que Clotho prepara e impone a cada uno de nosotros, su alma, que es hermana tuya y mía, viniendo aquí, no podía venir sola, porque no puede ver como nosotros[138]. Por esta razón fui yo sacado de la vasta garganta del Infierno para enseñarle el camino y se lo enseñaré hasta donde mi conciencia pueda guiarlo. Pero dime, si es que lo sabes, ¿por qué dio antes el monte tales sacudidas y por qué hasta en sus húmedos fundamentos parecían gritar a la vez todas las almas?

Haciendo esta pregunta, Virgilio acertó con mi deseo como con el ojo de una aguja, de tal suerte que bastó la esperanza de una respuesta para mitigar mi sed de saber. Aquél empezó de esta manera:


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