Divina Comedia
Divina Comedia Cual peregrinos pensativos, que al encontrar en su camino gente a quien no conocen se vuelven hacia ella sin detenerse, así venía tras de nosotros, pero con un paso más rápido, una turba de espíritus, callados y piadosos, que pasaban adelante mirándonos. Todos ellos tenían los ojos hundidos y apagados, la faz pálida y tan demacrada que a través de la piel se les notaba la forma de los huesos. No creo que Erisicton se viese reducido a una piel tan seca cuando más tuvo que temer el hambre[153]. Yo decía, pensando entre mí: «He aquí cómo debió estar la nación que perdió a Jerusalén, cuando María llegó a devorar a su propio hijo[154]». Sus ojos parecían anillos sin piedras. Los que en el rostro del hombre leen «HOMO», hubieran conocido allí con facilidad la «M[155]». ¿Quién creería, ignorando la causa, que el olor de aquella fruta y el sonido de aquel salto de agua pudieran reducirlos a tal extremo? Yo estaba asombrado al verlos tan hambrientos porque aún no conocía la causa de su demacración y de su triste aridez, cuando desde la profunda cavidad de su cabeza dirigió hacia mí sus ojos una sombra y me miró fijamente, después de lo cual exclamó en alta voz:
—¿Qué gracia es esta que se me concede?