Divina Comedia
Divina Comedia Nunca lo hubiera conocido por su rostro, pero su voz me recordó lo que sus facciones habÃan absorbido en sà mismas; esta chispa encendió en mà el completo conocimiento de aquel rostro cambiado, y reconocà el de Forese[156].
—¡Ah! —me dijo—, no fijes tu atención en esta lepra árida que me decolora la piel ni en la carne que me falta. Pero dime la verdad con respecto a ti y dime quiénes son esas dos almas que te guÃan; no pararé hasta que me lo digas.
—Tu rostro, que ya muerto me hizo llorar, excita ahora en mà nuevos deseos de llanto —le respondà viéndolo tan desfigurado—; pero dime, por Dios, qué es lo que os demacra tanto, y no me hagas hablar de otra cosa mientras dura mi asombro, porque mal puede hablar el que está poseÃdo de otro deseo.
Me contestó: