Divina Comedia
Divina Comedia «Pasad adelante sin aproximaros: más arriba existe otro árbol cuyo fruto fue mordido por Eva y éste es un retoño de aquél». Así decía no sé quién entre las ramas, por lo cual Virgilio, Estacio y yo seguimos adelante, estrechándonos cuanto pudimos hacia el lado en que se eleva el monte. «Acordaos —decía la voz— de los malditos formados en las nubes que, embriagados, combatieron a Teseo con sus dobles pechos[168]. Acordaos de los hebreos que mostraron al beber su molicie, por lo que Gedeón no los quiso por compañeros cundo descendió de las colinas cerca de Madián[169]». De este modo, arrimados a una de las laderas, pasamos adelante, oyendo diferentes ejemplos del pecado de la gula, seguidos de las miserables consecuencias de aquel vicio. Después, entrando nuevamente en medio del camino desierto, nos adentramos mil pasos y aun más, reflexionando cada cual y sin hablar. «¿Qué vais pensando vosotros tres solos?», dijo de improviso una voz que me hizo estremecer, como sucede a los animales tímidos y asustadizos. Levanté la cabeza para ver quién era, y jamás se vieron en un crisol vidrios o metales tan luminosos como lo estaba un ángel que decía: «Si queréis llegar hasta arriba, es preciso que deis aquí la vuelta: por aquí va el que busca la paz eterna». Su aspecto me había deslumbrado la vista, por lo cual me volví, siguiendo a mis Doctores a la manera de quien se guía por lo que escucha. Y sentí que me daba en medio de la frente un viento, como sopla y embalsama el ambiente la brisa de mayo, mensajera del alba, impregnada con el aroma de plantas y flores; y bien sentí moverse las plumas de las alas que me hicieron percibir el perfume de la ambrosía, oyendo decir: «Bienaventurados aquellos a quienes ilumina tanta gracia, que la inclinación a comer no enciende en sus corazones desmesurados deseos y sólo tienen el hambre que es razonable».