Divina Comedia

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—¡Oh, tú, que has venido a este Infierno! —me dijo—, reconóceme si puedes. Tú naciste antes de que yo muriese.

Yo le contesté:

—La angustia que te atormenta es quizá causa de que no me acuerde de ti; me parece que no te he visto nunca. Pero dime, ¿quién eres tú, que a tan triste lugar has sido conducido y condenado a un suplicio que, si hay otro mayor, no será por cierto tan desagradable?

Contestome:

—Tu ciudad, tan llena hoy de envidia que ya colma la medida, me vio en su seno en vida más serena. Vosotros, los habitantes de esa ciudad, me llamasteis Ciacco[68]. Por el reprensible pecado de la gula me veo, como ves, sufriendo esta lluvia. Yo no soy aquí la única alma triste; todas las demás están condenadas a igual pena por la misma causa.

Y no pronunció una palabra más. Yo le respondí:

—Ciacco, tu martirio me conmueve tanto que me hace verter lágrimas. Pero dime, si es que lo sabes: ¿en qué pararán los habitantes de esa ciudad tan dividida en facciones? Dime por qué razón se ha introducido en ella la discordia.

Me contestó:


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