Divina Comedia
Divina Comedia —La dulce fruta que por tantas ramas va buscando la solicitud de los mortales, hoy calmará tu hambre.
Tales fueron las palabras que me dirigió Virgilio; palabras que me causaron un placer como no lo ha causado jamás regalo alguno. Acrecentose tanto en mà el deseo de llegar a la cima del monte, que a cada paso que daba sentÃa crecer alas para mi vuelo. Cuando, recorrida toda la escalera, estuvimos en la última grada, Virgilio fijó en mà sus ojos y dijo:
—Has visto el fuego temporal y el eterno, hijo mÃo, y has llegado a un sitio donde no puedo ver nada más por mà mismo. Con ingenio y con arte te he conducido hasta aquÃ: en adelante, sÃrvate de guÃa tu voluntad. Fuera estás ya de los caminos escarpados y de las estrechuras[192]. Mira el Sol, que brilla en tu frente; mira la hierba, las flores, los arbustos que se producen solamente en esta tierra. Mientras no vengan radiantes de alegrÃa los hermosos ojos que, entre lágrimas, me hicieron acudir en tu socorro, puedes sentarte y puedes pasear entre estas flores. No esperes ya mis palabras ni mis consejos; tu albedrÃo es ya libre, recto y sano, y serÃa una falta no obrar según lo que él te dicte. AsÃ, pues, te dejo ya señor de ti mismo.