Divina Comedia
Divina Comedia El sendero subía recto a través de la peña hacia el Oriente y yo interrumpía delante de mí los rayos del Sol, que ya estaba muy bajo. Habíamos subido pocos escalones cuando mis sabios Guías y yo, por mi sombra que se desvanecía, observamos que tras de nosotros se ocultaba el astro; y antes de que en toda su inmensa extensión tomara el horizonte el mismo aspecto y de que la noche se esparciera por todas partes, cada uno de nosotros hizo de un escalón su lecho, porque la naturaleza del monte, más bien que nuestro deseo, nos impedía subir. Como las cabras que antes de satisfacer su apetito van veloces y atrevidas por los picos de los montes y una vez saciado éste se quedan rumiando tranquilas a la sombra, mientras el Sol quema, guardadas por el pastor que, apoyado en su cayado, cuida de ellas; y como el pastor que se queda fuera y pernocta cerca de su rebaño, para preservarlo de que lo disperse alguna bestia feroz, así estábamos entonces nosotros tres, yo como cabra y ellos como pastores, apretados por los dos lados de aquella estrecha escalera. Poco alcanzaba nuestra vista de las cosas que había fuera de allí, pero por aquel reducido espacio veía yo las estrellas más claras y mayores de lo acostumbrado. Rumiando de esta suerte y contemplándolas, me sorprendió el sueño; el sueño, que muchas veces predice lo que ha de sobrevenir[190]. En la hora, según creo, en que Citérea, que parece siempre abrasada por el fuego del amor, lanzaba desde Oriente sus primeros rayos sobre la montaña, me pareció ver entre sueños a una mujer joven y bella, que iba cogiendo flores por una pradera y decía cantando: «Sepa todo aquel que pregunte mi nombre que yo soy Lía y voy extendiendo en torno mis bellas manos para formarme una guirnalda. Me adorno para verme hermosa delante del espejo. Pero mi hermana Raquel no se separa jamás del suyo y permanece todo el día sentada delante de él. A ella le gusta contemplar sus hermosos ojos, como a mí adornarme con mis propias manos; ella se satisface con mirar, yo con obrar[191]». Ya, ante los esplendores que preceden al día, tanto más gratos a los peregrinos cuanto más cerca de su patria se albergan al volver a ella, huían por todas partes las tinieblas y con ellas mi sueño. Por lo cual me levanté y vi a mis grandes Maestros levantados también.