Divina Comedia

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Y se sonrió como se sonríe el niño a quien se conquista con una fruta. Después se metió en el fuego el primero, rogando a Estacio, que durante todo el camino se había interpuesto entre ambos, que viniese detrás de mí. Cuando estuve dentro, habríame arrojado para refrescarme en medio del vidrio hirviendo, tan desmesurado era el calor que allí se sentía. Mi dulce Padre, para animarme, continuaba hablando de Beatriz y diciendo: «Ya me parece ver sus ojos». Nos guiaba una voz que cantaba al otro lado y nosotros, atentos solamente a ella, salimos del fuego por el sitio donde está la subida.

—«Venite, benedicti Patris mei[189]» —se oyó en medio de una luz que allí había, tan resplandeciente que me ofuscó y no la pude mirar—. El Sol se va —añadió— y viene la noche; no os detengáis, sino acelerad el paso antes de que el horizonte se oscurezca.








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