Divina Comedia
Divina Comedia Así habló cuando estuvimos cerca de él, por lo que me quedé al oírlo como aquel que es metido en la fosa. Elevé mis manos entrelazadas mirando al fuego y se representaron vivamente a mi imaginación los cuerpos humanos que había visto arder. Mis buenos compañeros se volvieron hacia mí y Virgilio me dijo:
—Hijo mío, aquí puedes encontrar un tormento, pero no la muerte. Acuérdate, acuérdate, y si te guié sano y salvo sobre Gerión, ¿qué no haré ahora que estoy más cerca de Dios? Ten por cierto que, aunque estuvieras mil años en medio de esa llama, no perderías un solo cabello. Y si acaso crees que te engaño, ponte cerca de ella y como prueba aproxima con tus manos al fuego la orla de tu ropaje. Depón, pues, depón todo temor. Vuélvete hacia aquí y pasa con seguridad.
Yo, sin embargo, permanecía inmóvil aun en contra de mi conciencia. Cuando vio que me estaba quieto y reacio, repuso algo turbado:
—Hijo mío, repara que entre Beatriz y tú sólo existe este obstáculo.
Así como al oír el nombre de Tisbe, Píramo, cercano a la muerte, abrió los ojos y la contempló bajo la morera, que desde entonces echó frutos rojos[188], así yo, vencida mi obstinación, me dirigí hacia mi sabio Guía al oír el nombre que siempre está en mi mente. Entonces él, moviendo la cabeza, dijo:
—¿Qué hacemos? ¿Nos paramos aquí?