Divina Comedia

Divina Comedia

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Ya me habían transportado mis lentos pasos tan dentro de la selva que no podía distinguir el sitio por donde había entrado, cuando vi interceptado mi camino por un riachuelo que, corriendo hacia la izquierda, doblegaba bajo el peso de pequeñas linfas las hierbas que brotaban en sus orillas. Las aguas que en la tierra se tienen por más puras parecerían turbias comparadas con aquéllas, que no ocultaban el fondo aunque corrían oscurecidas bajo una perpetua sombra que no da paso nunca a los rayos del Sol ni de la Luna. Detuve mis pasos y atravesé con la vista el riachuelo para admirar la gran variedad de sus frescas arboledas, cuando se me apareció, como aparece súbitamente una cosa maravillosa que desvía de nuestra mente todo otro pensamiento, una mujer sola que iba cantando y cogiendo flores de las muchas de que estaba esmaltado todo el camino.

—¡Ah, hermosa dama que te abrasas en los rayos de Amor! Si he de dar crédito al semblante que suele ser testimonio del corazón, dígnate adelantarte —le dije— hacia este riachuelo lo bastante para que pueda comprender qué es lo que cantas. Tú traes a mi memoria el sitio donde estaba Proserpina y cómo era cuando la perdió su madre y ella perdió sus lozanas flores[193].



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