Divina Comedia

Divina Comedia

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Pareciome ver algo más allá siete árboles de oro[200], engañado por la gran distancia que todavía mediaba entre nosotros y ellos; mas cuando me hube aproximado tanto que la semejanza engañadora de los sentidos no perdía ya por la distancia ninguno de sus rasgos distintivos, la vista, por la que se inicia el raciocinio, me hizo conocer que eran candelabros. Unas voces cantaban «Hosanna». Los hermosos objetos llameaban en su parte superior despidiendo una luz mucho más clara que la Luna a medianoche y a la mitad de su mes. Me volví lleno de admiración al buen Virgilio y él me respondió con una mirada no menos llena de asombro. Después fijé de nuevo mi atención en los altos candelabros, los cuales avanzaban en nuestra dirección tan lentamente, que una recién desposada los hubiera vencido en celeridad[201]. La dama me gritó:

—¿Por qué contemplas con tanto ardor esas vívidas luces y no reparas en los que vienen detrás de ellas?

Entonces vi venir detrás de las luces, y como guiados por éstas, muchos personajes vestidos de un blanco tan puro como no ha brillado jamás en el mundo[202]. A la izquierda resplandecía el agua y reflejaba la parte izquierda de mi cuerpo cuando me miraba en ella.


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