Divina Comedia

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Cuando desde mi orilla llegué a un punto en que únicamente el río me separaba de aquéllos, me detuve para mirar mejor y vi las llamas caminando hacia adelante, dejando tras de sí pintado el aire con rasgos semejantes a banderolas desplegadas: de modo que sobre ellas se veían claramente siete listas formadas por los colores de los que el Sol hace su arco y Delía su cinturón[203]. Aquellas listas se extendían por el cielo más allá de lo que alcanzaba mi vista y, según me pareció, las de los extremos distaban entre diez pasos unas de otras. Bajo el hermoso cielo que describo se adelantaban de dos en dos veinticuatro ancianos coronados de azucenas[204]. Todos cantaban: «Bendita tú entre las hijas de Adán y benditas sean eternamente tus bellezas». Después que las flores y las frescas hierbecillas que había en la otra ribera frente a mí se vieron libres de aquellos espíritus elegidos, así como en el cielo siguen unas a otras las estrellas, vinieron cuatro animales en pos de los ancianos, todos ellos coronados de verdes hojas[205]. Cada uno tenía seis alas, con las plumas llenas de ojos, como serían los de Argos, si viviese[206]. Lector, no empleo mis rimas en describir las formas de estos animales, pues me contiene tanto lo que aún he de decir que no puedo ser ahora pródigo; pero puedes leer en Ezequiel, que los pinta tales como los vio acudir de las frías regiones, con el viento, con las nubes y con el fuego; y del mismo modo que los encontrarás en sus libros, así se presentaban aquí, si se exceptúa que en cuanto a las alas, Juan está conmigo y se separa de él[207]. El espacio que quedaba entre los cuatro lo ocupaba un carro triunfal sobre dos ruedas, que iba tirado por un grifo. Éste extendía sus alas entre la lista de en medio y las tres de ambos lados, sin que interceptara ninguna de ellas al hender el espacio entre las mismas comprendido. Se elevaban tanto que se las perdía de vista; la parte de su cuerpo que era ave tenía los miembros de oro y los de la otra parte eran blancos y manchados de rojo[208]. Ni Escipión el Africano, ni aun Augusto, hicieron jamás recrearse a Roma en la contemplación de un carro triunfal tan bello; y aun comparado con él, sería pobre aquel carro del Sol que, desviándose de su camino, fue abrasado a ruegos de la Tierra suplicante, cuando Júpiter fue misteriosamente justo[209].


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