Divina Comedia

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Tres mujeres venían danzando en redondo al lado de la rueda derecha del carro; una de ellas tan roja que apenas se la hubiera distinguido dentro del fuego; la otra era como si su carne y sus huesos fuesen de esmeraldas; la tercera parecía nieve recién caída. Tan pronto iba a la cabeza la blanca como la roja y según el canto de ésta, así las demás ajustaban el paso, avanzando lentas o rápidas[210]. Hacia la izquierda del carro se solazaban otras cuatro, vestidas de púrpura, ajustando sus movimientos a los de una de ellas, que tenía tres ojos en la cabeza[211]. En pos de estos grupos de que acabo de hablar vi dos ancianos con diferentes vestiduras, pero iguales en su actitud, venerable y reposada. Uno de ellos parecía ser discípulo de aquel gran Hipócrates a quien hizo la naturaleza en favor de los seres animados que le son más queridos[212]. El otro demostraba un cuidado contrario, con una espada tan reluciente y aguda que me causó miedo aun a través del río. Después vi otros cuatro de humilde apariencia y detrás de todos venía un anciano solo y durmiendo, pero con la faz inspirada. Estos siete estaban vestidos como los veinticuatro primeros, pero no iban coronados de azucenas, sino de rosas y de otras flores coloradas; quien los hubiese visto desde lejos habría jurado que ardía una llama sobre sus sienes[213].



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