Divina Comedia

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Mil deseos más ardorosos que las llamas atrajeron mis ojos hacia los suyos, brillantes, que aún estaban fijos en el Grifo. Como el sol en un espejo, la doble fiera se reflejaba en ellos, ya de un modo ya de otro[237]. Piensa, lector, si yo estaría maravillado al ver tal objeto permanecer inalterable en sí mismo y transformándose en su imagen reflejada. Mientras que, llena de estupor y gozosa, mi alma gustaba de aquel alimento que, satisfaciéndola, la hacía más deseosa de él, aquellas tres, que demostraban en su actitud ser de una jerarquía más elevada, se adelantaron danzando al compás de sus angélicos cantares.

—Vuelve, Beatriz, vuelve tus ojos santos (tal era su canción) hacia tu fiel amigo, que ha dado tantos pasos para verte. Por gracia, haznos la gracia de descubrirle tu faz, de modo que contemple la nueva belleza que le ocultas.

¡Oh resplandor de viva luz eterna! ¿Quién es el que, habiendo palidecido a la sombra del Parnaso o bebido en su fuente, no tendría la frente ofuscada al intentar representarte tal cual apareciste allí donde el Cielo te circundaba resonando con su acostumbrada armonía cuando te descubriste[238]?.



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