Divina Comedia

Divina Comedia

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Habíame sumergido en el río hasta la garganta e, impeliéndome ella, iba caminando sobre el agua con la ligereza de una lanzadera. Cuando estuve cerca de la dichosa orilla oí tan dulcemente «Adsperges me», que no puedo recordarlo y mucho menos escribirlo. La hermosa Dama abrió sus brazos, rodeó con ellos mi cabeza y me sumergió de modo que hube de beber el agua[235]. Después me sacó fuera y, mojado como estaba, me presentó ante las cuatro bellas bailarinas[236], cada una de las cuales extendió sobre mí su brazo.

—Aquí somos ninfas y en el Cielo estrellas; antes de que Beatriz descendiese al mundo fuimos designadas como siervas suyas. Te conduciremos ante sus ojos. Pero las tres del otro lado, que ven más a fondo, aguzarán los tuyos para que veas la plácida mirada que hay dentro de ellos.

Así me dijeron cantando y después me llevaron hacia el pecho del Grifo, donde estaba Beatriz, vuelta hacia nosotros. Después añadieron:

—No economices tus miradas. Te hemos puesto delante de las esmeraldas desde las que Amor te lanzó un día sus dardos.


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