Divina Comedia
Divina Comedia —Ya que te muestras tan contrito por lo que has oÃdo, alza la barba y sentirás más dolor mirándome.
Con menos resistencia se desarraiga la robusta encina, bien al embate de los vientos boreales o bien al de aquel que viene del paÃs de Yarbas[231], de la que, al oÃr su orden, opuse yo para levantar la cabeza; y cuando dio el nombre de barba a mi rostro bien conocà el veneno que encerraban sus palabras[232]. Por fin, cuando alcé la faz advertà que las primeras criaturas habÃan cesado de esparcir flores y mis miradas, poco seguras aún, vieron a Beatriz vuelta hacia la fiera que es una sola persona con dos naturalezas[233]. Cubierta con su velo y al otro lado de la verde orilla, pareciome que se vencÃa a sà misma en su anterior belleza, mucho más de lo que vencÃa a las demás mujeres cuando vivÃa en el mundo. La ortiga del arrepentimiento me punzó tanto, que odié todas las cosas mortales que me habÃan desviado de su amor; el remordimiento me oprimió el corazón de tal modo, que caà desmayado. Lo que me sucedió entonces lo sabe aquella mujer que fue causa de ello. Cuando el corazón me restituyó la facultad de percibir las cosas exteriores vi por encima de mà a la Dama que antes habÃa encontrado sola[234] y le oà decir:
—¡Agárrate, agárrate a mÃ!