Divina Comedia

Divina Comedia

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Como las velas hinchadas por el viento caen derribadas cuando el mástil se rompe, del mismo modo cayó al suelo aquella fiera cruel. Así bajamos a la cuarta cavidad aproximándonos más a la dolorosa orilla que encierra en sí todo el mal del universo. ¡Ah, justicia de Dios!, ¿quién puede amontonar tantas penas y trabajos como allí vi? ¿Por qué nos destruyen así nuestras propias faltas? Aquí chocan los condenados unos con otros, lo mismo que la ola, saltando sobre el escollo de Caribdis, se rompe contra la que encuentra. Allí vi más condenados que en ninguna otra parte, los cuales, formados en dos filas, se lanzaban de la una a la otra parte enormes pesos con todo el esfuerzo de su pecho, gritando fuertemente; dábanse grandes empellones y después se volvía cada cual hacia atrás, exclamando: «¿Por qué guardas?», o «¿Por qué derrochas?». De esta suerte iban girando por aquel tétrico círculo, yendo desde un extremo hasta su opuesto y repitiendo a gritos su injurioso estribillo. Después, cuando cada uno había llegado al centro de su círculo, se volvían todos a la vez para empezar de nuevo otra pelea.

Yo, que tenía el corazón conmovido, dije:

—Maestro mío, indícame qué gente es ésta. Todos esos tonsurados que vemos a nuestra izquierda, ¿han sido clérigos?

Y él me respondió:


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