Divina Comedia
Divina Comedia Paso, pues, al momento en que desperté y digo que un resplandor desgarró el velo de mi sueño, al mismo tiempo que una voz me gritaba: «Levántate, ¿qué haces?». Como Pedro, Juan y Jacobo, conducidos a ver las florecitas del manzano que hace a los ángeles codiciosos de su fruta y perpetuas las bodas en el Cielo, aterrados por el esplendor divino, volvieron en sí sólo al oír la palabra que ha interrumpido sueños mayores, y vieron su compañía mermada por la ausencia de Moisés y Elías y cambiada la túnica de su Maestro[246], así desperté yo, viendo inclinada sobre mí a aquella compasiva mujer que había guiado anteriormente mis pasos por el río. Y lleno de inquietud dije:
—¿Dónde está Beatriz?
A lo que me contestó:
—Mírala sentada sobre las raíces y bajo el nuevo follaje de ese árbol. Mira la compañía que la rodea: los otros se van hacia arriba con el Grifo, entonando cánticos más dulces y más profundos.
Ignoro si fue más difusa su respuesta, porque se hallaba otra vez ante mis ojos aquella que me impedía fijar la atención en ninguna otra cosa. Estaba sentada ella sola en la tierra verdadera, como dejada allí para custodiar el carro que había atado la biforme fiera. En torno suyo formaban un círculo las siete Ninfas, teniendo en las manos aquellas luces que no pueden apagar el Aquilón ni el Austro.