Divina Comedia
Divina Comedia —No te asombres de que me sonrÃa de tu pueril pensamiento —me dijo—; pues no se apoya todavÃa tu pie sobre la verdad y, como de costumbre, te inclina a las ilusiones. Esas que ves son verdaderas sustancias, relegadas aquà por haber faltado a sus votos. Por consiguiente, habla con ellas y oye y cree lo que te digan, pues la verdadera luz que las regocija no permite que te digan más que la verdad.
Y yo me dirigà a la sombra que parecÃa más dispuesta a hablar y empecé a decirle, como hombre a quien su mismo deseo le quita el valor:
—¡Oh espÃritu bien creado, que bajo los rayos de la vida eterna sientes la dulzura que no se comprende nunca si no se ha gustado! Me será muy grato que te dignes decirme tu nombre y cuál es vuestra suerte.
A lo que contestó pronta y con risueños ojos:
—Nuestra caridad nunca cierra sus puertas a un deseo justo, siendo como aquella que quiere que se le asemeje toda su corte[17]. Yo fui en el mundo una virgen religiosa, y si tu mente me recuerda, no me negarás ser hoy más bella y reconocerás que soy Piccarda[18]. Colocada aquà con estos otros bienaventurados, soy como ellos bienaventurada en la esfera más lenta. Nuestros afectos, a quienes sólo inflama el amor del EspÃritu Santo, se regocijan en el orden designado por Él, y nos ha cabido en suerte este sitio que parece tan bajo porque descuidamos nuestros votos y en parte no fueron observados.