Divina Comedia

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—¡Oh bien nacido aquel a quien está concedida la gracia de ver los tronos del triunfo eterno antes de haber abandonado la milicia de los vivos! Nosotros nos abrasamos en el fuego que se extiende por todo Cielo; así, pues, si deseas que te iluminemos acerca de nuestra suerte, puedes saciarte según tu deseo.

Así me dijo uno de aquellos espíritus piadosos, y Beatriz añadió:

—Pregunta con toda confianza y cree lo que te digan, como si fueran dioses.

—Veo bien cómo anidas en tu propia luz y que la despides por tus ojos, para que resplandezcan cuando ríes; pero no sé quién eres ni por qué ocupas, ¡oh alma digna!, un lugar en el Cielo que se oculta a los mortales con los rayos de otro[27].

Eso dije dirigiéndome al alma resplandeciente que me había hablado, por lo cual se volvió más luminosa de lo que antes era. Lo mismo que el Sol, que a sí mismo se oculta por su excesiva luz, cuando el calor ha destruido los densos vapores que la amortiguaban, así aquella santa figura se ocultó a causa de su alegría en su mismo fulgor y, encerrada de aquel modo, me contestó como se verá en el canto siguiente.


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