Divina Comedia

Divina Comedia

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Así me habló Beatriz, según lo escribo; después se volvió anhelante hacia aquella parte donde el mundo es más vivo. Su silencio y la mudanza de su semblante impusieron silencio a mi ávido espíritu, que tenía ya preparadas nuevas preguntas. Y como la saeta que da en el blanco antes de que haya quedado en reposo la cuerda, así corríamos hacia el segundo cielo. Allí vi yo tan contenta a mi Dama cuando penetró en la luz de aquel cielo, que aquel planeta se volvió más resplandeciente. Y si la estrella se transformó en río, ¿cuánto más alegre estaría yo, que por mi naturaleza soy en todos sentidos transmutable? Así como en un vivero que está tranquilo y puro acuden solícitos los peces al objeto procedente del exterior, por creer que es su pasto, así vi yo más de mil almas esplendorosas acudir hacia nosotros, y a cada cual de ellas se oía exclamar: «He aquí quien acrecentará nuestros amores[26]». Y tan pronto como cada una de ellas se nos acercaba conocíase su júbilo por el claro fulgor que de ella salía. Piensa, lector, cuál sería tu impaciente anhelo de saber si yo interrumpiese aquí mi relato y por ti mismo comprenderías cuánto era mi deseo de conocer la condición de estas almas cuando se presentaron ante mi vista.




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