Divina Comedia

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—El mayor don que Dios, en su liberalidad, nos hizo al crearnos, como más conforme a su bondad, y el que más aprecia, fue el del libre albedrío, de que estuvieron y están dotadas únicamente las criaturas inteligentes. Ahora conocerás, si tienes en cuenta esta premisa, todo el valor que tiene el voto, en el que Dios acepta la renuncia que el hombre hace de su mayor bien, que es la libertad, y que hace precisamente en uso de esa misma libertad. Así pues, ¿cómo puedes ser libre para dispensarte de un voto si ya, cuando lo hiciste, renunciaste expresamente a tu libertad? Si crees que puedes hacer buen uso de lo que ya has ofrecido, es como si quisieras hacer una buena obra con una cosa mal adquirida. Ya conoces, pues, la importancia del punto principal, pero como la santa Iglesia da sobre esto sus dispensas, lo cual parece contrario a la verdad que te he descubierto, es preciso que continúes escuchándome, porque el complicado argumento que te he expuesto requiere alguna ayuda para ser digerido. Abre el espíritu a lo que te presento y enciérralo en ti mismo, pues no proporciona ciencia alguna el oír sin retener. Dos cosas son necesarias a la esencia de este sacrificio: una es la materia del voto y otra el pacto que se forma con Dios. Este último no se cumple más que manteniéndolo y sobre él te he hablado antes en términos precisos. Por esta causa fue necesario que los hebreos continuasen ofreciendo a Dios, aunque alguna de sus ofrendas fuese permutada, como debes saber. Respecto a la que he llamado materia del voto, puede ser tal que no se cometa yerro alguno al cambiarla en otra materia; pero nadie por su propia decisión puede cambiarla sin el consentimiento de la autoridad eclesiástica. Y debes saber además que el cambio no tiene valor si la materia comprometida por el nuevo voto no es superior a la abandonada. Cualquier cosa que pese tanto por su valor que incline hacia su lado la balanza no puede ser reemplazada por otra cosa de menor peso. Que los mortales no tomen a broma el voto. Sed fieles y al comprometeros no seáis ciegos como lo fue Jephté en su primera ofrenda, porque más le valiera haber dicho: «Hice mal», que hacer otra cosa peor al cumplir su voto. Tan insensato como él puedes suponer al gran jefe de los griegos, quien sacrificó a Ifigenia e hizo llorar a sabios e ignorantes cuando oyeron hablar de tal sacrificio[25]. Cristianos, sed más prudentes en vuestras acciones; no seáis como la pluma a todo viento ni creáis que toda agua pueda lavaros. Tenéis el Antiguo y el Nuevo Testamento y el Pastor de la Iglesia, que os guía: baste esto para vuestra salvación. Sed hombres y no animales y comprometeos sólo por una intención piadosa y no por una ambición terrenal, de suerte que el judío que sólo sigue el Antiguo Testamento no se ría de vosotros viviendo entre vosotros. No hagáis como el cordero, que deja la leche de la madre y, sencillo y alegre, corretea a su placer alejándose de la protección materna.


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