Divina Comedia

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—El mayor valle en que se vierten las aguas, después de aquel mar que circunda la Tierra, se aleja tanto contra el curso del Sol entre las opuestas playas, que aquel círculo que antes era un horizonte se convierte en meridiano. Yo fui uno de los ribereños de aquel valle, entre el Ebro y el Macra, que por un corto trecho separa al genovés del toscano. Casi a la misma distancia a Oriente y a Occidente se asientan Bugía y la tierra de donde fui, en cuyo puerto se vertió un día la sangre de sus habitantes[61]. Folco me llamó aquella gente, que conocía mi nombre, y este cielo recibe mi luz, como recibí yo su influjo amoroso; pues en tanto que me lo permitió la edad, no ardieron cual yo en aquel fuego la hija de Belo, causando enojos a Siqueo y a Creusa, ni aquella Rodopea que fue abandonada por Demofonte, ni Alcides cuando tuvo a Iole encerrada en su pecho[62]. Aquí empero no hay arrepentimiento, sino regocijo; no de las culpas, que jamás vuelven a la memoria, sino de la Sabiduría que ordenó este cielo y provee sus influjos. Aquí se contempla el arte que adorna y embellece tantas cosas creadas, y se descubre el bien por el cual el mundo de arriba obra directamente sobre el de abajo. Mas, a fin de que queden satisfechos todos los deseos que te han nacido en esta esfera, es preciso que lleves más adelante mis instrucciones. Tú quieres saber quién está en esa luz que centellea cerca de mí como un rayo de sol en el agua pura y cristalina. Sabe, pues, que en su interior es dichosa Rahab y que unida a nuestro coro brilla en él con el resplandor más eminente. Ascendió a este cielo, en el que termina la sombra que proyecta vuestro mundo, antes que ninguna otra alma se viese libre por el triunfo de Cristo[63]. Era justo dejarla en algún cielo como trofeo de la alta victoria que Él alcanzó con su crucifixión, porque aquella mujer favoreció las primeras hazañas de Josué en la Tierra Santa, de la que tan poco se acuerda el Papa. Tu ciudad, que debió su origen a aquel que fue el primero en volver las espaldas a su Hacedor y cuya envidia ocasionó tantas lágrimas, produce y esparce las malditas flores que han descarriado a las ovejas y a los corderos, porque han convertido en lobo al pastor. Por eso están abandonados el Evangelio y los grandes doctores y tan sólo se estudian las Decretales, según lo muestra lo usado de sus márgenes. A esto se dedican el Papa y los cardenales: sus pensamientos no llegan a Nazareth, allí donde Gabriel abrió las alas. Pero el Vaticano y demás sitios elegidos de Roma, que han sido el cementerio de la milicia que siguió a Pedro, pronto se verán libres del adulterio[64].


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