Divina Comedia
Divina Comedia Al llegar aquà el alma guardó silencio, y habiéndose vuelto a colocar en la órbita como estaba anteriormente, me dio a conocer que no pensaba ya en mÃ. La otra alma dichosa, a quien ya conocÃa, se me presentó tan resplandeciente como una piedra preciosa herida por los rayos del Sol. Allà arriba la alegrÃa produce un vivo resplandor, como entre nosotros produce la risa; al contrario que en el Infierno, donde la sombra de los condenados se oscurece cada vez más, a medida que se entristece su espÃritu.
—Dios lo ve todo, y tu vista se ensimisma en Él —exclamé—, ¡oh feliz espÃritu!, de suerte que ningún deseo puede ocultársete. Asà pues, tu voz, que deleita siempre al Cielo uniendo tu canto al de los Serafines, ¿por qué no satisface mis deseos? No esperarÃa yo por cierto tus respuestas si viera en tu interior como tú puedes ver en el mÃo.
Entonces contestó con estas palabras: