Divina Comedia
Divina Comedia —Flegias, Flegias[76], gritas en vano esta vez —dijo mi guÃa—; no nos tendrás en tu poder más tiempo que el necesario para pasar la laguna.
Flegias, conteniendo su cólera, hizo lo que un hombre a quien descubren que ha vivido vÃctima de un engaño, ocasionándole esto un despecho profundo. Mi guÃa saltó a la barca y me hizo entrar en ella tras él; pero aquella barca no pareció ir cargada hasta que recibió mi peso. En cuanto ambos estuvimos dentro, la antigua proa partió, trazando en el agua una estela más profunda de lo que solÃa cuando llevaba a otros pasajeros[77]. Mientras recorrÃamos aquel canal de agua estancada, se presentó delante una sombra llena de lodo y me preguntó:
—¿Quién eres tú, que vienes antes de tiempo?
A lo que le contesté:
—Si he venido, no es para permanecer aquÃ. Pero tú, que estás tan sucio, ¿quién eres?
Respondiome:
—Ya ves que soy uno de los que lloran.
Y yo a él:
—¡Permanece, pues, en el llanto y la desolación, espÃritu maldito! Te conozco aunque estés tan enlodado.
Entonces extendió sus manos hacia la barca, pero mi prudente Maestro lo rechazó diciendo:
—Vete de aquà con los otros perros.