Divina Comedia
Divina Comedia Uno y otro coro me parecieron tan prontos y unánimes en decir «Amén», que manifestaron claramente el deseo de revestir sus cuerpos mortales, no por ellos quizá, sino por sus madres, por sus padres y por los demás seres que les fueron queridos antes de convertirse en sempiternas llamas. Y he aquí que en derredor de tales claridades nació una nueva luz sobre la que allí había, semejante a un horizonte luminoso; y así como al anochecer empiezan a entreverse en el cielo nuevas apariciones, que parecen ser y no ser, así me pareció empezar a ver allí nuevas sustancias. ¡Oh verdadero centelleo del Espíritu Santo! ¡Cuán brillante se presentó de improviso a mis ojos, que, vencidos, no pudieron soportarlo! Pero se me mostró Beatriz tan bella y sonriente, que a su aspecto hubo de quedar esta visión entre las demás que no he podido retener en mi memoria; entonces mis ojos recobraron fuerzas para alzarse de nuevo y me vi transportado a mayor gloria sólo con mi Dama[105]. Por el ígneo fulgor de la estrella, que me parecía más rojo que de costumbre, eché de ver que había subido a un punto más elevado, y con el lenguaje que es común a todos, de todo corazón, ofrecí a Dios el agradecimiento debido por esta nueva gracia[106]. No se había extinguido aún en mi pecho el ardor del mismo, cuando conocí que éste había sido felizmente bien aceptado, pues se me aparecieron unos resplandores tan deslumbrantes y rojos dentro de dos rayos luminosos, que exclamé: «¡Oh Helios, cuánto los embelleces!»[107].