Divina Comedia

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—Desde el día en que se dijo «Ave[123]», hasta el parto en que mi madre, que hoy es santa, se libró de mi peso, este planeta fue a inflamarse quinientas cincuenta y tres veces a los pies del León. Mis antepasados y yo nacimos en aquel sitio donde encuentra el último distrito el que corre en vuestros juegos anuales. Bástete saber esto con respecto a mis mayores; lo que fueron o de dónde vinieron es más cuerdo callarlo que decirlo[124]. Todos los que se encontraban entonces en estado de llevar armas, entre la estatua de Marte y el Batistero, formaban la quinta parte de los que ahora viven allí[125]; pero la población, que es al presente una mezcla de gente de Campi, de Certaldo y de Figghine, se veía pura hasta el último artesano. ¡Oh, cuánto mejor fuera tener por vecinas a aquellas gentes y vuestras fronteras en Galluzzo y Trespiano[126], que no tenerlas dentro de vuestros muros y tener que soportar la fetidez del villano de Aguglione y del de Signa, que tienen ya los ojos muy abiertos para traficar[127]! Si la gente que está más degenerada en el mundo no hubiera sido una madrastra para César, sino benigna como una madre para con su hijo, más de uno que se ha hecho florentino y ejerce de cambista y de traficante se habría vuelto a Semifonti, donde andaba su abuelo pordioseando. Los Conti estarían aún en Montemurlo, los Cerchi en la jurisdicción de Ancona y quizá aún en Valdigrieve los Buondelmonti[128]. La confusión de las personas fue siempre el principio de las desgracias de las ciudades, como la mezcolanza de los alimentos lo es de las del cuerpo, pues un toro ciego cae más pronto que un cordero ciego, y muchas veces corta más y mejor una espada que cinco[129]. Si consideras cómo han desaparecido las ciudades de Luni y Urbisaglia y cómo siguen sus huellas Chiusi y Sinigaglia, no te parecerá una cosa difícil de creer el oír como se deshacen las familias, puesto que las ciudades también tienen un término. Todas vuestras cosas mueren como vosotros; pero se os oculta la muerte de algunas que duran mucho, porque vuestra vida es muy corta para poder verlas. Y así como los giros del ciclo de la Luna cubren y descubren sin tregua las orillas del mar, lo mismo hace con Florencia la Fortuna; por lo cual no debe asombrarte lo que voy a decir con respecto a los primeros florentinos, cuya fama está envuelta en la oscuridad de los tiempos. He visto ya en decadencia a los Ughi, los Castellini, Filippi, Greci, Ormanni y Alberichi, todos ilustres caballeros; he visto también cómo desaparecían los de la Sanella y los del Arca y los Soldanieri, los Ardinghi y los Bostichi, tan grandes como antiguos. Sobre la puerta, cargada al presente con una felonía de tan gran peso[130] que en breve hará zozobrar vuestra barca, estaban los Ravignani, de quienes descienden el conde Guido y los que han tomado después el nombre del gran Bellincion. El primogénito de la familia de la Presa conocía el arte de gobernar bien, y en casa de Galigajo se veían ya los distintivos de la nobleza, que consistían en usar dorados la guarnición y el pomo de la espada. Grande era ya la familia de la Comadreja e ilustres las Sacchetti, Gluochi, Fifanti, Barucci y Galli, y los que se avergüenzan del recuerdo de la medida sobre el peso de la sal. El tronco de que nacieran los Calfucci era ya grande y ya habían sido promovidos a las sillas curules los Sizii y los Arrigucci. ¡Oh, cuán fuertes he visto a aquellos que después han sido destruidos por su soberbia! Y, sin embargo, las bolas de oro con sus altos hechos hacía florecer a Florencia, así como también los padres de aquellos que siempre que está vacante vuestra iglesia engordan mientras se hallan reunidos en consistorio. La presuntuosa familia que persigue como a un ladrón al que se retira, y que se humilla como un cordero ante el que le enseña los dientes o la bolsa, venía ya engrandeciéndose, aunque su origen era bajo; por esto no agradó a Ubertino Donati que su suegro lo hiciera emparentar con ella. Los Caponsacco habían descendido ya de Fiésole y habitaban en el Mercado, y ya Giuda e Infangato eran buenos ciudadanos. Voy a decirte una cosa increíble y verdadera: en el pequeño círculo que formaba la ciudad se entraba por una puerta que debía su nombre a la familia la Pera. Todos los que llevan las bellas insignias del gran Barón, cuyo nombre y cuya gloria se renueva en la fiesta de Santo Tomás, recibieron de él sus títulos de caballeros y sus privilegios; si bien hoy se ha colocado en el partido del pueblo aquel que rodea sus insignias de un círculo de oro. Ya los Galterotti y los Importuni vivían tranquilos en el Borgo, y más lo habrían estado sin nuevos vecinos. La casa de que ha nacido vuestro llanto, por el justo rencor que os ha destruido y dado fin a vuestra agradable vida, era honrada con todos los suyos. ¡Oh, Buondelmonte, cuán mal hiciste en no aliarte con ella por medio del matrimonio, para consuelo de los demás! Muchos de los que hoy están tristes estarían alegres, si Dios te hubiese ahogado en las aguas del Ema la primera vez que viniste a la ciudad. Pero era preciso que ante aquella piedra rota que guarda el puente sacrificara Florencia una víctima en sus últimos días de paz[131]. Con tales familias y con otras muchas he visto a Florencia en medio de tan gran reposo que no tenía motivo para llorar. Con estas familias he visto a su pueblo tan glorioso y justo, que jamás el lirio fue llevado al revés en la lanza, ni se había vuelto aún rojo a causa de las discordias[132].


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