Divina Comedia
Divina Comedia Volvime hacia la derecha para conocer en Beatriz lo que debía hacer, bien por sus palabras o por sus ademanes, y vi sus ojos tan serenos, tan gozosos, que su rostro sobrepujaba a todos los otros y hasta a su anterior aspecto. Y así como el hombre que obra bien advierte de día en día el aumento de su virtud por el mayor placer que siente, así yo, viendo más resplandeciente aquel milagro de belleza, reparé que se había hecho más extenso el círculo de mi rotación juntamente con el Cielo, y en el breve espacio de tiempo en que muda de color el rostro de una doncella, cuando depone el peso de la vergüenza, presentose ante mis ojos, al volverme, una transmutación semejante por efecto de la blancura de la sexta y templada estrella que me había recibido en su interior[144]. Yo vi en aquella antorcha de Jove los destellos del amor que en ella existía, representando a mis ojos nuestro alfabeto; y así como las aves que se elevan sobre un río, regocijándose al llegar al sitio donde encuentran su alimento, forman a veces una hilera circular y otras veces la prolongan, de igual suerte revoloteaban cantando las santas criaturas dentro de aquellas luces, describiendo una «D», una «I» o una «L» con sus movimientos. Primeramente ajustaban su baile al canto; después, representando una de aquellas letras, se detenían un momento y guardaban silencio.