Divina Comedia
Divina Comedia —Veo que crees estas cosas porque yo las digo: pero no comprendes cómo pueden ser; de suerte que, aunque creÃdas, no por eso están menos ocultas. Tú haces como aquel que aprende a conocer las cosas por su nombre, pero que no puede ver su esencia si otro no se la manifiesta. «Regnum coelorum» cede a la violencia del ardiente deseo y de la esperanza: pero no a la manera en que el hombre prevalece sobre el hombre, sino que ambos la vencen porque quiere ser vencida: y vencida, vence con su benignidad[158]. Te causan asombro la primera y la quinta almas que forman el arco de mi ceja, porque, habiendo sido paganas, las encuentras en esta región de los ángeles. No salieron paganas de sus cuerpos, como crees, sino cristianas, teniendo fe viva, la una en los pies que debÃan ser crucificados y la otra en los que ya lo habÃan sido. Una de ellas, saliendo del Infierno, donde nadie se convierte a Dios, con buen deseo volvió a habitar su cuerpo en recompensa de una viva esperanza: de una viva esperanza, que rogó fervientemente a Dios para resucitarla, a fin de que su voluntad pudiera ser movida. El alma gloriosa de que se habla, voló a su carne, en que permaneció poco tiempo, creyó en Aquel que podÃa ayudarla: y al creer, se abrasó de tal modo en el fuego de un verdadero amor, que después de su segunda muerte fue digna de venir a participar de estos goces. La otra, merced a una gracia que mana de una fuente tan profunda, que no ha habido criatura cuya mirada pudiera penetrar hasta su manantial, cifró allá abajo todo su amor en la justicia: por lo cual, de gracia en gracia, Dios abrió sus ojos a nuestra redención futura, y, creyendo en ella, no soportó por más tiempo la fetidez del paganismo[159]. Aquellas tres mujeres[160] que viste junto a la rueda derecha del carro lo bautizaron más de mil años antes de que se instituyera el bautismo. ¡Oh predestinación! ¡Cuán remota está tu raÃz de la vista de aquellos que no ven toda la causa primera! Y vosotros, mortales, sed circunspectos en vuestros juicios, pues nosotros, que vemos a Dios, no conocemos aún a todos los elegidos; y sin embargo, nos es grata semejante ignorancia: porque nuestra beatitud se perfecciona con este bien, y queremos lo que Dios quiere.