Divina Comedia

Divina Comedia

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Quien supiese cuán dulcemente se recreaba mi vista en el semblante dichoso de Beatriz, cuando, invitado por ella, la dirigí hacia otro objeto, conocería lo grato que me sería obedecer a mi Guía celestial, considerando que el placer de obedecerla se equiparaba al que sentía contemplándola. Dentro del cristal que, rodeando el mundo, lleva el nombre de su querido señor, bajo cuyo imperio permaneció muerto todo mal[162], vi una escala del color del oro en que se refleja un rayo de sol, y tan elevada que mis ojos no podían seguirla. Vi además bajar por sus escalones tantos resplandores, que pensé que todas las luces que brillaban en el Cielo estaban concentradas allí. Y así como, por una costumbre natural, las cornejas se agitan reunidas al romper el día para dar calor a sus ateridas alas, y mientras se alejan algunas sin volver, otras regresan al punto de donde se remontaban y otras revolotean sobre él, lo mismo me pareció que hacían aquellos fulgores que habían ido descendiendo, hasta que se detuvieron en un escalón determinado. El que se quedó más cerca de nosotros empezó a resplandecer tanto, que yo decía entre mí: «Conozco el amor que me anuncias». Pero Aquella de quien espero la orden para hablar o callar, permaneció inmóvil; así es que, a pesar mío, hice bien en no preguntar nada. Por lo cual, ella, que leía mi deseo en la vista de Aquel que lo ve todo, me dijo:

—Puedes manifestar tu ardiente anhelo.


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