Divina Comedia

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—De tal modo me dediqué allí al servicio de Dios, que sólo con legumbres y zumo de olivas pasaba fácilmente fríos y calores, satisfecho con mis ideas contemplativas. Aquel claustro producía fértilmente almas para esta parte de los cielos, y ahora está tan vacío que será preciso que en breve lo sepa el mundo. En aquel sitio estuve yo llamado Pedro Damián; y como Pedro el Pecador había estado antes en la casa de Nuestra Señora, a orillas del Adriático[165]. Escasa era ya mi vida mortal, cuando fui llamado y obligado a recibir aquel capelo que sólo se transmite de malo a peor. Vivieron en otro tiempo Cefas y el Vaso de Elección del Espíritu Santo[166], flacos y descalzos, aceptando su alimento de cualquier mano. Ahora los modernos pastores quieren llevar a su lado servidores en los que apoyarse, ¡tan pesados son!, y que los lleven en literas, y que vaya detrás quien les sostenga la cola. Cubren con sus mantos sus cabalgaduras, de suerte que van dos bestias bajo una sola capa. ¡Oh paciencia de Dios, que tanto soportas!

Al sonido de estas palabras, vi muchas llamas que bajaban girando de escalón en escalón, y a cada vuelta se hacían más bellas. Vinieron a detenerse alrededor de aquella luz que me había hablado y prorrumpieron en un clamor tan alto, que nada en el mundo puede asemejársele; su estruendo me ensordeció de tal modo que no comprendí lo que dijeron.


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