Divina Comedia
Divina Comedia Cuando ya el mediodÃa está ardiendo a una distancia de seis mil millas de nosotros y el mundo inclina ya su sombra horizontalmente, vemos que el Oriente empieza a ponerse de modo que algunas estrellas van perdiéndose de vista desde la Tierra; y a medida que viene adelantándose la aurora, clarÃsima sierva del Sol, el Cielo apaga de una en una sus luces hasta la más bella. No de otra suerte desapareció poco a poco de mi vista el triunfo de los coros angélicos que siempre está festejando en torno de aquel punto que me deslumbró pareciéndome contenido en lo mismo que él contiene. Por lo cual, el no ver ya nada y mi amor por ella, me obligaron a volver los ojos hacia Beatriz. Si todo cuanto hasta aquà se ha dicho acerca de ella estuviera reunido en una sola alabanza, serÃa poco para describirla. La belleza que en ella vi no sólo está fuera del alcance de nuestra inteligencia, sino que creo con certeza que su Hacedor es el único que la comprende completamente. Me confieso vencido por este pasaje de mi poema más de lo que con respecto a otro punto lo fue jamás autor trágico o cómico; porque asà como el Sol ofusca la vista más trémula, del mismo modo el recuerdo de la dulce sonrisa de mi amada paraliza mi mente. Desde el primer dÃa que vi su rostro en esta vida hasta mi actual contemplación, no se ha interrumpido la continuación de mi canto; pero ahora es preciso que mi poema desista de seguir cantando la belleza de mi Dama, como hace todo artista que llega al último esfuerzo en su arte. Tal cual la dejo para que la anuncie una trompa más sonora que la mÃa, que ya está acabando su difÃcil tarea. Beatriz habló con la voz y el gesto de una guÃa solÃcita: