Divina Comedia

Divina Comedia

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—El alto deseo que ahora te inflama y estimula para comprender lo que estás viendo me place tanto más cuanto es más vehemente. Pero es preciso que bebas de esa agua hasta que sacies tanta sed.

Así me dijo el sol de mis ojos. Luego añadió:

—El río y los topacios que entran y salen y la sonrisa de las hierbas se te presentan todavía como sombras y prefacios de la verdad. No es decir que estas cosas sean defectuosas, sino que el defecto está en ti, que no tienes aún la vista bastante elevada.

Ningún niño se tira de cabeza tan presuroso al pecho de su madre cuando despierta más tarde de lo acostumbrado, como yo, para mejorar los espejos de mis ojos, me incliné sobre la onda luminosa que corre a fin de que se perfeccionase mi vista; y apenas se bañó en ella la extremidad de mis párpados me pareció que la alargada corriente se había vuelto redonda. Después, así como la gente enmascarada parece otra cosa muy distinta en cuanto se despoja de la falsa apariencia bajo la que se ocultaba, así me pareció que adquirían mayor alegría las flores y las centellas; de modo que vi distintamente las dos cortes del Cielo. ¡Oh esplendor de Dios, merced al cual vi el gran triunfo del reino de la verdad! Dame fuerzas para decir cómo lo vi.


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