Divina Comedia
Divina Comedia Este reino tranquilo y gozoso, poblado de gente antigua y moderna, tenía todo él la vista y el amor dirigidos hacia un solo punto. ¡Oh trina luz que, centelleando en una sola estrella, regocijas de tal modo la vista de esos espíritus! Mira cuál es aquí abajo nuestro tormento. Si los bárbaros, procedentes de la región que cubre Hélice diariamente girando con su hijo, a quien mira con amor[227], se quedaban estupefactos al ver Roma y sus magníficos monumentos, cuando Letrán superaba a todas las obras salidas de las manos de los hombres, yo, que acababa de pasar de lo humano a lo divino, del tiempo limitado a lo eterno y de la encenagada Florencia a contemplar a aquel pueblo justo y santo, ¿de qué estupor no estaría lleno? En verdad que, entregado a tal visión y a mi gozo, me complacía en no decir ni oír nada. Y como el peregrino que se recrea contemplando el templo que había hecho voto de visitar y espera, al volver a su país, referir cómo estaba construido, así yo, contemplando la viva luz, paseaba mis miradas por todas las gradas, ya hacia arriba, ya en derredor, y veía rostros que excitaban a la caridad, embellecidos por otras luces y por sus sonrisas, y todos en actitudes adornadas por toda clase de gracia. Mi vista había abarcado por completo la forma general del Paraíso, pero no se había fijado en concreto en parte alguna. Entonces, poseído por un nuevo deseo, me volví hacia mi Dama para preguntarle por algunos puntos que tenían en suspenso mi mente; pero cuando esperaba una cosa me sucedió otra: pensaba ver a Beatriz y vi a un anciano[228], vestido de la misma luz que toda aquella familia gloriosa. En sus ojos y en sus mejillas estaba esparcida una benigna alegría y su aspecto era tan dulce como el de un tierno padre.