Divina Comedia

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—¿Y dónde está ella? —dije al momento.

A lo que me contestó:

—Beatriz me ha enviado desde su asiento para poner fin a tu deseo; y si miras al tercer círculo a partir de la grada superior, la verás ocupar el trono en que la han colocado sus méritos.

Sin responder levanté los ojos y la vi rodeada de una corona hecha de los eternos rayos que de sí reflejaba. El ojo del que estuviese en lo profundo del mar no distaría tanto de la nube más elevada, donde se producen los truenos, como distaban de Beatriz los míos; pero nada importaba, porque su imagen descendía hasta mí sin interposición de otro cuerpo.

—¡Oh mujer, en quien vive mi esperanza y que consentiste, por mi salvación, en dejar tus huellas en el Infierno[229]!. Si he visto tantas cosas, a tu bondad y a tu poder debo esta gracia y la fuerza que me ha sido necesaria. Tú, desde la esclavitud, me has conducido a la libertad por todas vías y por todos los medios que para hacerlo han estado a tu alcance. Consérvame tus magníficos dones a fin de que mi alma, que tú sanaste, cuando se separe de su cuerpo sea agradable a tus ojos.

Así oré; y aquella que tan lejana parecía se sonrió y me miró, volviéndose después otra vez hacia la eterna Fuente. El santo anciano me dijo:


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