Divina Comedia
Divina Comedia Prestábamos aún atención a aquel tronco, creyendo que añadirÃa algo más, cuando fuimos sorprendidos por un rumor, a la manera del que siente venir el jabalà y los perros hacia el sitio donde está apostado, que juntamente oye el ruido de las fieras y el fragor del ramaje. Y he aquà que aparecen a nuestra izquierda dos infelices, desnudos y lacerados, huyendo tan precipitadamente que rompÃan todas las ramas de la selva. El de delante: «¡Acude, acude, muerte!», decÃa; y el otro, que no corrÃa tanto: «Lano, tus piernas no eran tan ágiles en el combate del Toppo[122]». Y sin duda, faltándole el aliento, hizo un grupo de sà y de un arbusto en el que se ocultó.
Detrás de ellos estaba la selva llena de perras negras, ávidas y corriendo como lebreles a los que acaban de quitar sus cadenas. Empezaron a dar terribles dentelladas a aquel que se habÃa escondido y después de despedazarlo se llevaron sus miembros palpitantes. Mi guÃa me tomó entonces de la mano y llevome hacia el arbusto, que en vano se quejaba por sus abiertas heridas.
—¡Oh, Jacobo de San Andrés[123]! —decÃa—. ¿De qué te ha servido tomarme como refugio? ¿Tengo yo la culpa de tu vida criminal?
Cuando mi Maestro se detuvo delante de aquel arbusto, dijo:
—¿Quién fuiste tú, que por tantas heridas exhalas con tu sangre tan quejumbrosas palabras?