Divina Comedia

Divina Comedia

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Enternecido por el amor a mi compatriota, reuní las hojas dispersas y las devolví a aquel que estaba ya enronquecido. Desde allí nos dirigimos al punto en que se divide el segundo recinto del tercero y donde se ve el terrible poder de la Justicia Divina. Para explicar mejor las cosas nuevas que allí vi, diré que llegamos a un arenal que rechaza la vida de cualquier tipo de planta. La dolorosa selva lo rodeaba cual guirnalda, así como el sangriento foso circundaba a aquélla. Nuestros pies quedaron fijos en el mismo lindero de la selva y la llanura. El espacio estaba cubierto de una arena tan árida y espesa como la que oprimió los pies de Catón en otro tiempo[125]. ¡Oh venganza de Dios! ¡Cuánto debe temerte todo aquel que lea lo que se presentó a mis ojos! Vi numerosos grupos de almas desnudas, que lloraban miserablemente y parecían cumplir sentencias diversas. Unas yacían de espaldas sobre el suelo, otras estaban sentadas en confuso montón y otras estaban continuamente andando[126]. Las que daban la vuelta al círculo eran las más numerosas y en menor número eran las que yacían para sufrir algún tormento; pero éstas tenían la lengua más suelta para quejarse. Llovían lentamente en el arenal grandes copos de fuego, semejantes a los de la nieve que en los Alpes caen cuando no sopla el viento. Así como Alejandro vio en las ardientes comarcas de la India caer sobre sus soldados llamas, que quedaban en el suelo sin extinguirse, lo que le obligó a ordenar a las tropas que las pisaran, porque el incendio se apagaba mejor cuanto más aislado estaba, así descendía el fuego eterno abrasando a la arena como abrasa a la yesca el pedernal, para redoblar el dolor de las almas. Sus míseras manos se agitaban sin reposo, apartando a uno y otro lado las brasas continuamente renovadas. Yo empecé a decir:


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