Divina Comedia

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—Maestro, tú, que has vencido todos los obstáculos, a excepción del que nos opusieron los demonios inflexibles[127] a la puerta de la ciudad, dime: ¿quién es aquella gran sombra, que no parece cuidarse del incendio y yace tan feroz y altanera como si no la martirizase esta lluvia?

Y la sombra, observando que yo hablaba de ella a mi Guía, gritó:

—Tal cual fui en vida, soy después de muerto. Aun cuando Júpiter cansara a su herrero, de quien tomó en su cólera el agudo rayo que me hirió en el último día de mi vida; aun cuando fatigara uno tras otro a todos los negros herreros de Mongibelo, gritando: «Ayúdame, buen Vulcano», según hizo en el combate de Flegra, y aunque me asaetara con todas sus fuerzas, no lograría vengarse de mí cumplidamente[128].

Entonces mi Guía habló con tanta vehemencia, que nunca yo le había oído expresarse de aquel modo.

—¡Oh, Capaneo! Si no se modera tu orgullo, él será tu mayor castigo. No hay martirio comparable al dolor que te hace sufrir tu rabia[129].

Después se dirigió a mí, diciendo con acento más apacible:


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