Divina Comedia
Divina Comedia —Ése fue uno de los siete reyes que sitiaron a Tebas. Despreció a Dios y aún parece seguir despreciándolo. Pero, como le he dicho, su mismo despecho es el más digno premio debido a su corazón. Ahora, sÃgueme, y cuida de no poner tus pies sobre la abrasada arena: camina siempre arrimado al bosque.
Llegamos en silencio al sitio donde desemboca fuera de la selva un riachuelo, cuyo color rojo aún me horripila. Cual sale del Bulicame[130] el arroyo cuyas aguas se reparten las pecadoras, asà corrÃa aquel riachuelo por la arena. Las orillas y el fondo estaban petrificados, por lo que pensé que por allà se podrÃa pasar.
—Entre todas las cosas que te he enseñado desde que entramos por la puerta cuyo umbral puede cruzar cualquiera, tus ojos no han visto nada tan notable como esa corriente que amortigua todas las llamas.
Tales fueron las palabras de mi GuÃa; por lo que le supliqué que se explicase más claramente, ya que habÃa excitado mi curiosidad.