Divina Comedia

Divina Comedia

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—Piedad de mí —le dije—, quienquiera que seas, sombra u hombre verdadero.

Respondiome:

—No soy ya hombre, pero lo he sido. Mis padres fueron lombardos[6] y ambos tuvieron a Mantua por patria. Nací «sub Iulio[7]», aunque algo tarde, y vi a Roma bajo el mando del buen Augusto, en tiempos de los dioses falsos y engañosos. Poeta fui y canté a aquel justo hijo de Anquises[8], que escapó después del incendio de la soberbia Ilión. Pero ¿por qué te entregas de nuevo a tu aflicción? ¿Por qué no asciendes al delicioso monte que es causa y principio de todo goce?

—¡Oh! ¿Eres tú aquel Virgilio, aquella fuente que derrama tan ancho caudal de elocuencia? —le respondí ruboroso—. ¡Ah, honor y antorcha de los demás poetas! Válgame para contigo el prolongado estudio y el grande amor con que he leído y meditado tu obra[9]. Tú eres mi maestro y mi autor predilecto, tú solo eres aquel de quien he imitado el bello estilo que me ha dado tanto honor. Mira esa fiera que me obliga a retroceder: líbrame de ella, famoso sabio, porque a su aspecto se estremecen mis venas y late con precipitación mi pulso.


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