La Divina Comedia
La Divina Comedia y, por mirar, no demora la marcha;
y un diablo negro vi tras de nosotros,
que por la roca corriendo venÃa.
¡Ah, qué fiera tenÃa su apariencia,
y parecÃan cuán amenazantes
sus pies ligeros, sus abiertas alas!
En su hombro, que era anguloso y soberbio,
cargaba un pecador por ambas ancas,
agarrando los pies por los tendones.
«¡Oh Malasgarras —dijo desde el puente—,
os mando a un regidor de Santa Zita!
Ponedlo abajo, que voy a por otro
a esa tierra que tiene un buen surtido:
salvo Bonturo todos son venales;
del "ita" allà hacen "no" por el dinero.»
Abajo lo tiró, y por el escollo
se volvió, y nunca fue un mastÃn soltado
persiguiendo a un ladrón con tanta prisa.
Aquél se hundió, y se salÃa de nuevo;
mas los demonios que albergaba el puente
gritaron: «¡No está aquà la Santa Faz,
y no se nada aquà como en el Serquio!
asà que, si no quieres nuestros garfios,
no te aparezcas sobre la resina.»
Con más de cien arpones le pinchaban,
dicen: «Cubierto bailar aquà debes,
tal que, si puedes, a escondidas hurtes.»