La Divina Comedia

La Divina Comedia

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lo que antes me plació, me pesó entonces,

y arrepentido me volví y confeso,

¡ah miserable!, y me hubiera salvado.

El príncipe de nuevos fariseos,

haciendo guerra cerca de Letrán,

y no con sarracenos ni judíos,

que su enemigo todo era cristiano,

y en la toma de Acre nadie estuvo

ni comerciando en tierras del Sultán;

ni el sumo oficio ni las sacras órdenes

en sí guardó, ni en mí el cordón aquel

que suele hacer delgado a quien lo ciñe.

Pero, como a Silvestre Constantino,

allí en Sirati a curarle de lepra,

así como doctor me llamó éste

para curarle la soberbia fiebre:

pidióme mi consejo, y yo callaba,

pues sus palabras ebrias parecían.

Luego volvió a decir: «Tu alma no tema;

de antemano te absuelvo; enséñame

la forma de abatir a Penestrino.

El cielo puedo abrir y cerrar puedo,

porque son dos las llaves, como sabes,

que mi predecesor no tuvo aprecio.»

Los graves argumentos me punzaron

y, pues callar peor me parecia,

le dije: "Padre, ya que tú me lavas


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