La Divina Comedia

La Divina Comedia

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que fue mala simiente a los toscanos.»

Y yo le dije: «Y muerte de tu raza.»

Y él, dolor a dolor acumulado,

se fue como persona triste y loca.

Mas yo quedé para mirar el grupo,

y vi una cosa que me diera miedo,

sin más pruebas, contarla solamente,

si no me asegurase la conciencia,

esa amiga que al hombre fortifica

en la confianza de sentirse pura.

Yo vi de cierto, y parece que aún vea,

un busto sin cabeza andar lo mismo

que iban los otros del rebaño triste;

la testa trunca agarraba del pelo,

cual un farol llevándola en la mano;

y nos miraba, y «¡Ay de mí!» decía.

De sí se hacía a sí mismo lucerna,

y había dos en uno y uno en dos:

cómo es posible sabe Quien tal manda.

Cuando llegado hubo al pie del puente,

alzó el brazo con toda la cabeza,

para decir de cerca sus palabras,

que fueron: «Mira mi pena tan cruda

tú que, inspirando vas viendo a los muertos;

mira si alguna hay grande como es ésta.

Y para que de mí noticia lleves

sabrás que soy Bertrand de Born, aquel


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