La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Creo que enrojecí, maravillado,

y sonrió la sombra y se alejaba,

y yo me fui detrás para seguirla.

Suavemente me dijo que parase;

supe entonces quién era, y le rogué

que, para hablarme, allí se detuviera.

«Así —me respondió— como te amaba

en el cuerpo mortal, libre te amo:

por eso me detengo; y tú ¿qué haces?»

«Por volver otra vez, Cassella mío,

adonde estoy, viajo; mas ¿por qué

—le dije— tantas horas te han quitado?»

Y él a mí: «No me hicieron injusticia,

si aquel que lleva cuándo y a quien quiere,

me ha negado el pasaje muchas veces;

de justa voluntad sale la suya:

mas desde hace tres meses ha traído

a quien quisiera entrar, sin oponerse.

Por lo que yo, que estaba en la marina

donde el agua del Tíber sal se hace,

benignamente fui por él llevado.

El vuelo a aquella desembocadura

dirigió, pues que siempre se congregan

allí los que a Aqueronte no descienden.»

Y yo: «Si no te quitan nuevas leyes

la memoria o el uso de los cantos

de amor, que mis deseos aquietaban,


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