La Divina Comedia
La Divina Comedia Y mientras meditaba con la vista
baja, sobre la suerte del camino,
y yo miraba arriba del peñasco,
a mano izquierda apareció una turba
de almas que venÃa hacia nosotros,
mas tan lentos que no lo parecÃa.
«Alza —dije— maestro, la mirada:
hay aquà quien podrá darnos consejo,
si no puedes tenerlo por ti mismo.»
Entonces miró, y con el rostro sereno
me dijo: «Vamos pues, que vienen lentos;
y afirma la esperanza, dulce hijo.»
Tan lejos aún estaba aquella gente,
luego de haber mil pasos caminado,
como un buen lanzador alcanzaria,
cuando a las duras peñas se arrimaron
de la alta sima, quietos y apretados,
cual caminante que dudoso mira.
«Felices muertos, almas elegidas
—Virgilio dijo— por la paz aquella
que todos esperáis, según bien creo,
decidnos dónde baja la montaña,
para poder subir; pues más disgusta
perder el tiempo a quien su precio sabe.»
Cual salen del redil las ovejillas
de una, de dos, de tres y temerosas
están las otras, vista y morro en tierra;