La Divina Comedia

La Divina Comedia

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Cuando con humildad hube negado

haberle visto nunca, él dijo: «Mira»

y mostróme una llaga sobre el pecho.

Luego sonriendo dijo: «Soy Manfredo:

la emperatriz Constanza fue mi abuela;

y te suplico que, cuando regreses,

le digas a mi hermosa hija, madre

del honor de Aragón y de Sicilia,

la verdad, si es que cuentan de otro modo.

Después de ser mi cuerpo atravesado

por dos golpes mortales, me volví

llorando a quien perdona de buen grado.

Abominables mis pecados fueron

mas tan gran brazo tiene la bondad

infinita, que acoge a quien la implora.

Si el pastor de Cosenza, que a mi caza

entonces fue enviado por Clemente,

la página divina comprendiera,

los huesos de mi cuerpo aún estarían

al pie del puente junto a Benevento,

y por pesadas piedras custodiados.

Mas los baña la lluvia y mueve el viento,

fuera del reino, casi junto al Verde,

donde él los trasladó sin luz alguna.

Mas por su maldición, nunca se pierde,

sin que pueda volver, el infinito

amor, mientras florezca la esperanza.


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