La Divina Comedia
La Divina Comedia «Oh mi dulce señor —dije— contempla
al que más negligente no verÃas
si la pereza fuese hermana suya.»
Entonces se volvió, mirando atento,
levantando su rostro de los muslos:
«¡Sube tú, puesto que eres tan valiente!»
Supe quién era entonces, y el cansancio
que aún el aliento un poco me cortaba,
no me impidió acercarme a él; y cuando
estuve al lado, alzó la vista apenas
diciendo: « ¿Has entendido cómo el sol
lleva su carro por el hombro izquierdo?»
Sus gestos perezosos y sus breves
palabras me causaron leve risa;
Después: «Belacqua —dije— no me duelo
ya de ti; pero di, ¿por qué te sientas
aquf precisamente? ¿escolta esperas,
o la antigua costumbre te domina?»
Y él: «De qué sirve, hermano, el ir a arriba,
pues no me dejarÃa ir al castigo
el ángel del Señor que está en la puerta.
Es necesario que antes gire el cielo
sobre mà tantas veces, cuanto en vida,
pues que dejé para el final el llanto;
si es que antes no me ayuda la oración
de un corazón surgida que esté en gracia:
porque la otra en el cielo no se escucha.»