La Divina Comedia

La Divina Comedia

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por la causa que dices, dista tanto

respecto al Septentrión, cuanto en Judea

lo contemplaban en la parte cálida.

Mas sabría gustoso, si quisieras,

cuánto habremos de andar; pues sube el monte

más de lo que subir pueden mis ojos.»

Y él me dijo: «Este monte es de tal modo,

que siempre pesa al comenzar abajo;

y cuando más se sube, menos daña.

Y así cuando le sientas tan suave,

que te haga caminar ya tan ligero

como nave que empuja la corriente,

habrás llegado al fin de este sendero:

reposar allí espera tu fatiga.

Más no respondo, y esto lo sé cierto.»

Y después de decir estas palabras,

oímos una voz cercana: «¡Acaso

necesites sentarte mucho antes!»

Los dos al escucharle nos volvimos,

y vimos a la izquierda un gran peñasco,

que antes ninguno habíamos notado.

Allí fuimos; y había allí personas

que estaban a la sombra de la piedra

como se pone el hombre por vagancia.

Y uno, que fatigado parecía,

se sentaba abrazando sus rodillas,

con el rostro inclinado puesto entre ellas.


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