La Divina Comedia
La Divina Comedia que al aire eterno le hacían temblar.
Lo causaba la pena sin tormento
que sufría una grande muchedumbre
de mujeres, de niños y de hombres.
El buen Maestro a mí: «¿No me preguntas
qué espíritus son estos que estás viendo?
Quiero que sepas, antes de seguir,
que no pecaron: y aunque tengan méritos,
no basta, pues están sin el bautismo,
donde la fe en que crees principio tiene.
Al cristianismo fueron anteriores,
y a Dios debidamente no adoraron:
a éstos tales yo mismo pertenezco.
Por tal defecto, no por otra culpa,
perdidos somos, y es nuestra condena
vivir sin esperanza en el deseo.»
Sentí en el corazón una gran pena,
puesto que gentes de mucho valor
vi que en el limbo estaba suspendidos.
«Dime, maestro, dime, mi señor
yo comencé por querer estar cierto
de aquella fe que vence la ignorancia
:
¿salió alguno de aquí, que por sus méritos
o los de otro, se hiciera luego santo?»
Y éste, que comprendió mi hablar cubierto,
respondió: «Yo era nuevo en este estado,