La Divina Comedia

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CANTO IX

Del anciano Titón la concubina

emblanquecía en el balcón de oriente,

fuera ya de los brazos de su amigo;

en su frente las gemas relucían

puestas en forma del frío animal

que con la cola a la gente golpea;

la noche, de los pasos con que asciende,

dos llevaba en el sitio en donde estábamos,

y el tercero inclinaba ya las alas;

cuando yo, que de Adán algo conservo,

adormecido me tumbé en la hierba

donde los cinco estábamos sentados.

Cuando a sus tristes layes da comienzo

la golondrina al tiempo de alborada,

acaso recordando el primer llanto,

y nuestra mente, menos del pensar

presa, y más de la carne separada,

casi divina se hace a sus visiones,

creí ver, en un sueño, suspendida

un águila en el cielo, de áureas plumas,

con las alas abiertas y dispuesta

a descender, allí donde a los suyos

dejara abandonados Ganimedes,

arrebatado al sumo consistorio.

¡Acaso caza ésta por costumbre

aquí —pensé—, y acaso de otro sitio

desdeña arrebatar ninguna presa!


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